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La Puerta de Golpe - Softcover

Ahuja, Ricardo

 
9781490726953: La Puerta de Golpe

Synopsis

Si en Siempre ocurre lo inesperado Ricardo Ahuja nos ofreció el panorama de un viaje por un mundo en transformación, en La puerta de golpe nos lleva de la mano a recorrer senderos del mundo actual, en un marco donde los personajes de la historia luchan por definir el futuro de sus vidas, huyendo de un pasado que no les satisface por completo, y buscando en tierras extrañas un destino tan incierto como sus sueños. En un proceso invertido de la confusión de las lenguas que tuvo lugar, según las historias bíblicas, en Babel, los personajes de la narración, procedentes de orígenes distintos, comienzan a hablar un mismo idioma y se integran en un proyecto común, cuyo desenlace se define en la frontera entre México y los Estados Unidos de América.

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Excerpt. © Reprinted by permission. All rights reserved.

La puerta de golpe

By RICARDO AHUJA

Trafford Publishing

Copyright © 2014 Ricardo Ahuja
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4907-2695-3

CHAPTER 1

Espigão d'Oeste

Murilo levantó del suelo la malla metálica que utilizaba como instrumento de trabajo y la acercó a su rostro para revisar su contenido. La sacudió repetidas veces, hasta que casi toda la tierra que había colocado sobre ella se escurrió por entre los orificios. Revisó con cuidado los residuos que persistían sobre su superficie. Nada, no vio ninguna piedra de valor sobre la malla. Hizo una pausa. Sacó el pañuelo del bolsillo y limpió el sudor que escurría por su rostro. Observó a sus compañeros, que trabajaban no lejos de él, unos en cuclillas, absortos en la tarea de peinar con los dedos una y otra vez la tierra que otros sacaban de un socavón a golpes de pala. Nada interrumpía el silencio de la tarde, excepto el seco rumor de la tierra que caía de cada palada, batiendo a intervalos regulares como un concierto de percusiones, en tanto las sombras de los seis hombres parecían combinarse en una danza fantástica.

Uno de los mineros, de nombre Evandro, interrumpió su labor y se alejó un poco del sitio en que cavaba para satisfacer una necesidad. En eso estaba, cuando creyó oír, arrastrado por el viento, el eco de una canción. Aunque lo intentó, no alcanzó a reconocer la melodía. Hizo lo que tenía que hacer y regresó al sitio donde estaban sus compañeros, con ánimo de reprocharles su mala entonación.

—¡Qué mal cantan! —dijo—. Y no sólo cantan mal sino que tienen un repertorio muy extraño. ¿Dónde aprendieron esa canción? Nunca la había escuchado.

—Debes haberlo imaginado —dijo otro de los mineros—. Ninguno de nosotros ha cantado.

—No estoy imaginando —insistió Evandro—. Estoy seguro de que los oí.

Los demás hombres no hicieron caso de los comentarios de su compañero y continuaron trabajando. Evandro dio un par de pasos hacia unos arbustos cercanos y tomó su cantimplora, que colgaba de una de las ramas. Quitó el tapón y bebió hasta saciar su sed. Colocó de nuevo el tapón en la boca de la cantimplora, la retornó a su sitio y regresó al lugar donde cavaba. Tomó nuevamente la pala y estaba a punto de clavarla en la tierra, cuando creyó escuchar un rumor lejano de voces que se hacía cada vez más perceptible. Hizo una seña con la mano, invitando a sus compañeros a interrumpir su labor.

—¿Qué sucede ahora? —preguntó uno de ellos.

—De nuevo escuché algo, parecían voces —respondió Evandro.

Todos permanecieron atentos, afinando sus sentidos, buscando confirmar la alarma.

—Es cierto, escucho voces —dijo un tercero—. Alguien se está acercando.

—Escóndanse —dijo Murilo—, oculten el equipo y péguense al terreno ... que no nos vean.

Cada uno de los mineros buscó con la mirada un lugar, el más conveniente para esconderse en la hondonada donde se encontraban. Todos se agazaparon como pudieron y esperaron. Las voces se hicieron cada vez más audibles.

Desde su escondite, los buscadores de diamantes pudieron ver a tres indios "cintas-anchas" que se aproximaban, con paso vacilante, como si estuviesen bajo el efecto de bebidas embriagantes, al escondite que ocupaban. Los indios conversaban en su dialecto y reían, probablemente recordando las peripecias del día. Uno de ellos portaba al hombro una carabina.

Murilo se había acostado sobre una depresión que se ajustaba a la medida de su cuerpo. Diez segundos después de ocupar esa posición sintió un hormigueo en su mano derecha. La sensación no se debía a falta de circulación en esa extremidad por la posición en que se encontraba, sino al paso de un grupo de hormigas que utilizaban su mano como puente, en el camino que él había interrumpido. Permaneció inmóvil para no alborotar a los insectos, que continuaron caminando sin dar mayor importancia al obstáculo. Por lo que pudo observar, las hormigas cumplían con la tarea de acarrear pedazos de hojas hacia su nido, de manera que no se ocuparían en morderle, a menos que él hiciera algún movimiento brusco. Más le convenía mantenerse tan inmóvil como un muerto, para evitar el riesgo de estarlo de verdad.

Y es que la búsqueda de piedras preciosas en esa región apartada de la Amazonia no era una actividad exenta de riesgos. Los mismos mineros enfrentaban voluntariamente esos peligros con la esperanza de alcanzar una recompensa que podía o no materializarse. Nada estaba garantizado. Lo único seguro era la emoción de la aventura y el riesgo de perder todo, incluso la vida.

Los indios "cintas-anchas" no eran muy afectos a la competencia de forasteros en la exploración minera en su territorio. Bien sabían que si hoy venían diez mineros, pronto serían cien y luego mil, y después no tendrían cómo sacarlos de sus tierras. Preferían conservar el monopolio de la exploración para ellos mismos, lo que realizaban con el apoyo logístico de los traficantes de gemas, que asumían el papel de intermediarios.

En ese esquema, cada parte en la cadena del negocio obtenía lo que le interesaba. Los indios, a cambio de las gemas, recibían dinero, artículos de consumo, utensilios y armas, que no vacilaban en utilizar contra los aspirantes a mineros que se aventuraban en su territorio. Los intermediarios cargaban con las piedras hacia un primer destino, que podía ser São Paulo o Rio de Janeiro. Algunas de las gemas no se detenían ahí, sino que continuaban por múltiples rutas hacia su destino final, en ciudades de los Estados Unidos, Europa o Asia, donde serían transformadas por las manos de algún virtuoso en obras de arte para coleccionistas, o en adornos para realzar los atractivos físicos de afortunadas damas. Los únicos que quedaban fuera del esquema, eran los mineros que exploraban sin el permiso de los indios.

En esos segundos de inmovilidad, que parecían eternos, pasaron por la mente de Murilo algunos de los sucesos más importantes de su vida, los últimos de los cuales, le habían conducido a esa depresión del terreno en que se encontraba. Su familia era pobre, pero no le faltaban recursos para subsistir, aunque modestamente, del negocio que encabezaba su padre, un taller de zapatería al que nunca escaseaban los clientes en busca de prolongar la vida de sus calzados. Pero a Murilo no le atraía mucho la idea de pasar la vida remendando zapatos. Le parecía una actividad demasiado tranquila. Él soñaba con una vida que le proporcionara emociones, aunque a cambio tuviera que arriesgar la seguridad que en el taller de zapatería tenía como algo garantizado.

Durante un tiempo acarició la idea de salir de su natal Governador Valadares para ir a probar suerte a São Paulo. No pocas personas le habían asegurado que esa ciudad, capital del estado más rico del país y motor económico de la nación, ofrecía ilimitadas oportunidades, y que seguramente allá, no tendría problemas para encontrar un trabajo estable.

Una tarde en que la lluvia le condujo a guarecerse bajo el techado de una parada de autobús, mientras esperaba a que el chubasco pasara, escuchó la conversación de dos hombres que narraban, con lujo de detalles, sus experiencias como buscadores de diamantes en la Amazonia. Esa actividad le pareció no solamente interesante, sino además, digna de un hombre libre, dispuesto a arriesgar la vida con tal de encontrar fortuna sin tener que pedir trabajo a nadie.

Fue así como decidió partir a la aventura. Alistó una mochila en la que llevaba arroz, frijol y carne seca, y un día emprendió el viaje hacia el estado de Rondônia. El trayecto, además de largo, resultó ser agotador. Desde Governador Valadares, Murilo había tenido que viajar a Belo Horizonte, y de ahí, siempre en autobús, había cruzado su querido estado de Minas Gerais, cuyos orígenes mineros le parecían un buen augurio y le animaban en su empresa, para seguir luego, en dirección noroeste, hacia Goiás y la inmensa meseta de Mato Grosso.

Pasando Cuiabá, en Várzea Grande, había conocido a un viajero que seguía la misma ruta que él. A partir de ese punto ya tuvo con quien conversar sobre un tema que a ambos interesaba. En Pimenta Bueno el grupo aumentó, y entre todos se aconsejaron para dirigirse al lugar donde, según habían oído, abundaban las piedras preciosas. La última escala en el camino fue la de Espigão d'Oeste.

Dos de los viajeros ya tenían experiencia en la empresa, pues no era la primera vez que la acometían. Además, ya conocían bien la ruta, y lo más importante, decían saber cómo escapar de los obstáculos, entre ellos, la presencia de los indios "cintas-anchas", dueños de esas tierras y no muy afectos a descubrir a extraños tratando de extraer las riquezas de su territorio. Sabían de exploradores que, luego de trabajar durante semanas, perdían sus piedras a manos de los indios cuando eran descubiertos.

—A veces, sólo vemos los diamantes cuando los encontramos, después los indios se quedan con todo — se había lamentado el más experimentado de los viajeros, con aire desolado, aunque reincidía en la empresa, más por costumbre que por convencimiento.

Pero los lamentos de unos se compensaban con el optimismo de otros, como era el caso de Robson, que se vanagloriaba de haber encontrado durante un viaje previo, en dos semanas de exploración, varias piedras que le habían hecho ganar diez mil reales.

—Pero eso —había concluido Robson con aire nostálgico—, fue antes de que los indios descubrieran que la minería era un buen negocio.

Y ahí estaban los seis hombres, inmóviles, esperando el desenlace de un probable encuentro con los dueños de esas tierras a las que habían entrado para explorar sin pedir permiso. Porque contando con la autorización de los indios, que podía negociarse a cambio de cederles parte de las ganancias, no habrían tenido necesidad de esconderse como lo hacían en ese momento. La suerte les había sonreído. Tras varios días de excavaciones, contaban en su haber con varias piezas de regular tamaño. Murilo se había topado con dos piedras que parecían ser diamantes de buena calidad.


El grupo de indios "cintas-anchas" se acercaba cada vez más al escondite de los mineros. Enfrascados en su conversación, parecían no prestar especial atención a los detalles de un terreno que, muy probablemente, les era bastante familiar. Cuando ya estaban a escasos metros de la hondonada donde se ocultaban los mineros, desviaron su ruta para esquivar unos matorrales, y continuaron su camino en el mismo ambiente festivo y locuaz que había denunciado su presencia.

Murilo y sus amigos permanecieron en su escondrijo sin moverse, hasta que las voces de los indios se perdieron en la distancia; luego, se incorporaron lentamente y comprobaron que los indios estaban fuera de su campo visual, y suficientemente lejos como para no advertir sus movimientos.

—Ya están lejos —dijo uno de ellos, recuperando el ánimo—. ¿Qué hacemos ahora, continuamos trabajando o nos vamos?

—Mejor vámonos —respondió otro—. Si los indios que acabamos de ver pasar utilizaron este atajo, es porque lo conocen, y es muy probable que vuelvan a usarlo. Después de todo, no nos ha ido tan mal. De continuar aquí, corremos el riesgo de perder lo que hemos encontrado.

Todos estuvieron de acuerdo en que era mejor partir de ese lugar. Recogieron sus escasas pertenencias y con su equipo a cuestas, caminaron en dirección a la vereda que les llevaría de regreso al poblado de Espigão d'Oeste.

Avanzaron tomando precauciones, haciéndose pasar ante los escasos caminantes con quienes se cruzaron en el trayecto, por exploradores que simplemente reconocían el terreno con fines cartográficos, totalmente ajenos a la búsqueda de diamantes y otras piedras preciosas. No se toparon con más indios, pero sí se cruzaron con otros exploradores que como ellos, andaban en busca de tesoros ocultos.

Cuando cayó la noche estarían a la mitad del camino. Decidieron acampar a la orilla de un río, y a la mañana siguiente prosiguieron la marcha, manteniendo un buen ritmo y descansando sólo de vez en cuando para tomar agua y reponer fuerzas. Al anochecer del segundo día de marcha, llegaron a su destino. Decidieron acampar nuevamente antes de entrar al poblado, para ahorrar lo que hubiesen tenido que pagar por un hotel. Llevaban ya varias noches durmiendo casi a la intemperie bajo sus improvisadas tiendas, de manera que hacerlo una noche más no debería tener para ellos mayor consecuencia que la de fortalecer su espíritu aventurero.


Mato Grosso

Llovió toda la noche. Se arrepintieron de no haber continuado hasta la población, pero ya con las tiendas amarradas, aguantaron el vendaval, aunque poco pudieron dormir, oyendo el incesante repiquetear de las gotas de agua cayendo sobre las lonas. Al amanecer la tormenta amainó, y cuando estaban levantando sus tiendas, dejó de llover. Sin más trámite, los seis mineros dirigieron sus pasos al centro de la población. Fueron directamente a la terminal de autobuses, y abordaron el primero que salió con destino a Pimenta Bueno. Sería el único trayecto corto de su recorrido de regreso. Para cubrir la siguiente etapa del viaje, tomaron otro autobús en dirección a Cuiabá.

Las primeras horas del viaje se deslizaron con relativa celeridad. Los hombres llevaban varios días de marcha, y sus cuerpos, cansados por las largas jornadas de trabajo de los días anteriores, agradecieron el descanso que les brindaban los asientos del vehículo. Pero después de varias horas de permanecer sentados, sin mucho espacio para moverse, el tiempo del viaje empezó a alargarse. Cada hora parecía no tener fin, en la espera de llegar a una estación de parada para poder descender del vehículo y estirar un poco las piernas.

En Vilhena cambiaron nuevamente de autobús; comieron algo, compraron sus boletos, y llegada la hora, abordaron el nuevo autobús para continuar el viaje, que se prolongó por varias horas más. En su recorrido, el vehículo se detenía de vez en cuando para permitir el descenso y ascenso de pasajeros, algunos de ellos viajeros de distancias cortas, probablemente campesinos, que acudían a las poblaciones cercanas a su residencia a vender sus productos, y a comprar provisiones para su despensa e insumos para sus labores, o eran aquellos que viajaban de regreso a sus hogares luego de hacer el trayecto que otros apenas empezaban. Así, fueron mudando las caras, y en cada parada de autobús se repitió el movimiento de maletas y cajas, que subían o bajaban del vehículo siguiendo a sus dueños. Los dos choferes del autobús se turnaban al volante. Uno de ellos conducía, mientras el otro descansaba en el compartimento acondicionado para el efecto, en la parte inferior del vehículo, cerca de las maletas de los pasajeros.

El autobús avanzaba por la inmensa planicie, cubierta a veces con plantaciones de soya, algodón o pastizales para la cría de ganado. De vez en cuando se cruzaban en el camino con algún otro vehículo que avanzaba en sentido contrario. La cinta asfáltica de la carretera se diluía en la uniformidad de la sabana y el autobús parecía no avanzar en la perspectiva del paisaje, sin puntos de referencia que sirvieran para detectar su movimiento, como si fuese un solitario buque en el inmenso mar de la llanura.

Murilo, acomodado de la mejor manera que podía en su asiento, repetía de vez en cuando la operación de echar mano a su bolsillo, para luego extraer de él la bolsa donde guardaba las piedras que había logrado encontrar. Las sacaba de la bolsa, y las veía y reveía, como para estar seguro de que aún las llevaba consigo. Comenzó a oscurecer y en el horizonte, el sol, al ocultarse, adoptó tonalidades rojizas.

Llegaron a Cuiabá y el grupo se dividió. Dos de los compañeros de aventura continuaron hacia Uberlândia, en tanto que Murilo y otros más, siguieron hacia Campo Grande. En Campo Grande el grupo se dividió de nuevo, y solamente dos de los exploradores continuaron el viaje en ruta hacia São Paulo.

Murilo perdió la cuenta de las horas de viaje. El largo trayecto le había resultado casi tan agotador como el trabajo de minero, pero finalmente, alcanzó a ver en el horizonte las siluetas de los primeros inmuebles de la gran urbe.


(Continues...)
Excerpted from La puerta de golpe by RICARDO AHUJA. Copyright © 2014 Ricardo Ahuja. Excerpted by permission of Trafford Publishing.
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