Fui niño ruidoso, destructor y enfermizo. Después fui un adolescente desordenado, desorientado, desarrapado y harapiento que derivó en un adulto desordenado, desorientado, desarrapado y harapiento. Dicen que eso significa que no he aprendido nada en la vida. Quizás tengan razón. Quizás no la tengan. Finalmente ninguno tiene la razón: La Verdad es algo que sólo puede ser atrapada en las mentes infinitas y las nuestras, por más cabezones que seamos, no llegan al mil millonésimo de su capacidad. Lo que hacemos es especular y hacer el ridículo. Más lo segundo que lo primero.
¿Para qué soy bueno? Eso va en opiniones. Algunos dicen que soy bueno enseñando matemáticas. Otros dicen que lo mío es echar carreta. El resto dice que sólo sirvo de ejemplo… de mal ejemplo. Si sigue así va a terminar como Diego, dice la mamá para atemorizar al niño que se la pasa pegado al computador. ¿Escribiendo? No, desempleado. Y ya que tocamos ese tema les cuento que gano la vida dando clases de matemáticas, una que otra vez trabajo como corrector de estilo y muy pocas veces escribiendo ensayos. Quisiera vivir de hablar carreta todo el día. ¿De qué hablaría? De cualquier cosa. De esto y de aquello, saltando de temas sin llegar a conclusiones porque, como dije antes, no creo que estemos en capacidad de penetrar en los matorrales de los conceptos. A duras penas podemos contar lo que se vemos desde afuerita, y con bastante dificultad.
¿Creencias? Creo en Dios. ¡Cómo no voy a creer en él si he llegado a los treinta y tres sin renunciar a mis sueños! Eso sólo puede ser obra de quien tiene la posibilidad de mover los hilos del destino. No creo, sin embargo, en ese Dios de barbas fluviales que es vengativo, ardoroso y apasionado como el peor de los mortales. Creo en el Dios que está en todas las cosas, las buenas y las malas, que organiza el tránsito de las hormigas, las rutas del viento y el destino de las galaxias…