Casa Grande : Escenas De La Vida En Chile -Language: spanish
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- Title
- Casa Grande : Escenas De La Vida En Chile -Language: spanish
- Author
- Luco, Luis Orrego
- Publisher
- Linkgua Ediciones
- Publication year
- 2025
- Condition
- New
- Binding
- Soft cover
- Language
- Spanish
- ISBN 10
- 8490078955
- ISBN 13
- 9788490078952
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Excerpt. © Reprinted by permission. All rights reserved.
Casa Grande Escenas de la Vida en Chile
By Luis Orrego LucoRed Ediciones
All rights reserved.
Contents
CRÉDITOS, 4,
PRESENTACIÓN, 9,
PRESENTACIÓN, 11,
PRIMERA PARTE, 13,
SONATA DE PRIMAVERA,
SEGUNDA PARTE, 87,
TERCERA PARTE, 201,
CUARTA PARTE, 235,
LIBROS A LA CARTA, 319,
CHAPTER 1
SONATA DE PRIMAVERA
I
Alegre, como pocas veces, llena de animación y de bulla, se presentaba la fiesta de Pascua del año de gracia de 190 ... en la muy leal y pacífica ciudad de Santiago, un tanto sacudida de su apatía colonial en la noche clásica de regocijo de las viejas ciudades españolas. Corrían los coches haciendo saltar las piedras. Los tranvías, completamente llenos, con gente de pie sobre las plataformas, parecían anillos luminosos de colosal serpiente, asomada a la calle del Estado. De todas las arterias de la ciudad afluían ríos de gente hacia la grande Avenida de las Delicias, cuyos árboles elevaban sus copas sobre el paseo, en el cual destacaban sus manchas blancas los mármoles de las estatuas. Y como en Chile coincide la Noche Buena con la primavera que concluye y el verano que comienza, se deslizaban bocanadas de aire tibio bajo el dosel de verdura exuberante de los árboles. La alegría de vivir sacude soplo radiante de sensaciones nuevas, de aspiraciones informes, abiertas como capullos en esos momentos en que la savia circula bajo la vieja corteza de los árboles.
El río de gente aumentaba hasta formar masa compacta en la Alameda, frente a San Francisco. A lo lejos se divisaba las copas de los olmos envueltas en nubes de polvo luminoso y se oía inmenso clamor de muchedumbre, cantos en las imperiales de los tranvías, gritos de vendedores ambulantes:
— ¡Horchata bien helaa!
— ¡Claveles y albahaca pa la niña retaca! ...
Aumentaban el desconcertado clamoreo muchachos pregonando sus periódicos; un coro de estudiantes agarrados del brazo entonando «La Mascotta»; gritos de chicos en bandadas, como pájaros, o de niñeras que los llamaban al orden; ese rumor de alegría eterna de los veinte años. Y por cima de todo, los bronces de una banda de música militar rasgaban el aire con los compases de «Tanhauser», dilatando sus notas graves entre chillidos agudos de vendedoras que pregonaban su mercadería en esa noche en que un costado entero de las Delicias parece inmensa feria de frutas, flores, ollitas de las monjas, tiendas de juguetes, salas de refresco, ventas de todo género. Cada tenducho, adornado con banderolas, gallardetes, faroles chinescos, linternas, flecos de papeles de colores, ramas de árboles, manojos de albahaca, flores, tiene su sello especial de alegría sencilla y campestre, de improvisación rústica, como si la ciudad, de repente, se transformara en campo con los varios olores silvestres de las civilizaciones primitivas, en medio de las cuales se destacara súbita la nota elegante y la silueta esbelta de alguna dama de gran tono confundida con estudiantillos, niñeras, sirvientes, hombres del pueblo, modestos empleados, en el regocijo universal de la Noche Buena.
— ¡Claveles y albahaca pa la niña retaca! ...
Y sigue su curso interrumpido el río desbordado de la muchedumbre bajo los altos olmos y las ramas cargadas de farolillos chinescos, entre la fila de tiendas rústicas, cubiertas de pirámides de frutas olorosas, de brevas, de duraznos pelados, damascos, meloncillos de olor. Las tiendas de ollitas de las monjas, figurillas de barro cocido, braceros, caballitos, ovejas primorosamente pintadas con colores vivos y dorados tonos, atraen grupos de chicos. ¡Qué bien huelen esos ramos de claveles y de albahacas! Tal vez no piensa lo mismo el pobre estudiantillo que estruja su bolsa para comprarlo a su novia, a quien acaba de ofrecérselo una florista. La muchedumbre sigue anhelante, sudorosa, apretados unos con otros, avanzando lentamente, cambiando saludos, llamándose a voces los unos a los otros, en la confusión democrática de esta noche excepcional. Por sima de todo vibran los cobres de la fanfarra military ... ahora suenan tocando a revienta bombo el can-cán de la «Gran Duquesa» ...
Sería cosa de las once de la noche cuando se detuvo un «Vis-a-vis», tirado por magnífico tronco de hackneys, frente al óvalo de San Martín, en la Alameda. El lacayo abrió rápidamente la portezuela por la cual se deslizó fina pierna cubierta con media de seda negra, un piecesito encerrado en zapatilla de charol y una mano pequeñísima que alzaba la falda de seda clara. Luego, a la luz de los faroles nikelados, se dibujó el contorno de primorosa criatura que parecía de porcelana de Sajonia. En pos de ésta, otra hermosísima joven, alta de cuerpo, de líneas esbeltas y mórbidas, cabellos rubios y expresiva fisonomía descendió lentamente. De un salto se dejó caer la tercera, pues, había observado cierto grupo de pie junto a los árboles. Apenas abandonaron el carruaje, acompañadas de unos caballeros, dirigiéronse, en grupo, a unirse con la masa formidable que en esos instantes invadía el paseo. Todas charlaban a un tiempo, con la voz clara y fresca de los veinte años, y esa instintiva sensación de las alegrías de la vida, propias de aquellos para quienes no existen contratiempos ni durezas, ni amarguras, sino el camino llano y cómodo del lujo, de todos los halagos de la riqueza y de la posición social.
El grupo de jóvenes y niñas se introdujo de lleno en la muchedumbre del paseo, en la cual se divertían y mezclaban camareras, obreros, comerciantes de menor cuantía, empleados modestos, gente de clase media, militares y campesinos de manta. En tan revuelta confusión, sin embargo, sabían conservar el porte de gran tono, el perfume aristocrático, el no sé qué refinado e inimitable que constituye la fuerza y la esencia de las clases sociales superiores-esencia tan perdurable y poderosa que no han sido parte a horrarla ni las sangrientas sacudidas de la revolución francesa, ni las guerras civiles, ni el avance de la democracia, ni las invaciones omnipotentes del dinero.
Dos o tres jóvenes se acercaron a ellas sombrero en mano y después de saludarlas, continuaron en marcha con el grupo. Dirigiéronse alegremente a la parte de las ventas situadas frente a la calle del Peumo. Se detenían junto a cada puesto, comprando de cuánto veían: flores, ollitas de las monjas, chocolates, frutas, toda suerte de baratijas, con algazara, charlas y exclamaciones varias. Julio Menéndez, adquirió una gran muñeca rubia, con traje y sombrero de gasa, que puso en brazos de Pepita Alvareda, como regalo de Noche-Buena, especialmente enviado por los Reyes Magos — el novio de Pepita se llamaba entonces Baltazar. Se resolvió de común acuerdo, bautizar la muñeca en casa de las Sandoval, una vez terminada la Misa del Gallo.
— Deseo, Pepita, que usted imite a esta muñeca en la constancia. Fíjese, usted. Para que varíe, en algo, es menester moverle brazos y cuello, sin lo cual se queda siempre fija, cualidad que a usted le falta. Además la muñeca es discreta y habla poco.
— Cállese; usted es digno de figurar en el Circo en compañía de los elefantes sabios de la Princesa de Mairena — replicó Pepita con el ligero ceceo habitual en ella.
El grupo siguió por la corriente, hasta dar con una tienda en la cual, por unos cuartos, se arrojaba pelotas a la boca de leones de cartón, y se tiraba con flechas al blanco.
— Déjeme arrojar una, a la boca de esa fiera ... — dijo Magda —: en la nariz se parece a Menéndez.
— ¡Cállate, Magda! — interrumpió su hermana Gabriela —. Mira, no seas tan indiscreta» ...
— Bueno, hija, bueno — replicó la otra.
En torno de aquel brillante grupo se había formado un vacío. La multitud admiraba los trajes elegantes y los sombreros de paja adornados de plumas por algún modisto parisiense y las fisonomías exangües, pálidas y anémicas en pos de una larga temporada de bailes de invierno; la distinción de movimientos de aquel grupo femenino. Los jóvenes, con sombreros de paja y smocking, encendido el cigarro habano, arrojaban pelotas a la boca de los leones sin dar en el blanco.
En ese instante acababa de abandonar su victoria un apuesto muchacho de hasta veinticinco años de edad, alto de cuerpo, de musculatura vigorosa, ojos negros, cabello ligeramente crespo, tez morena y sonrisa abierta y franca. Notábase algo lento y como calculado en su andar, a la manera de los animales felinos, en tanto que su pupila, a ratos dejaba caer fulgores fosforescentes, produciendo en el ánimo extraña impresión de fuerza mezclada con languidez, de energía aterciopelada, de audacia tímida, de algo encubierto y velado. El mozo rompió por entre la multitud repartiendo codazos y empujones, sin consideración alguna, ni dársele un ardite las protestas de las víctimas, como si en él revivieran los impulsos de antiguos conquistadores o «encomenderos» abuelos suyos, por instinto atávico. Acercose al grupo que tiraba las pelotas a la boca de los leones y lo saludó con ligera sonrisa.
— Ustedes sirven para maldita de Dios la cosa ... — les dijo ...
Y cogiendo el canasto lleno de pelotas, las arrojó con habilidad y tino pasmoso, una por una, a la boca de los leones, sin perder un solo tiro. Otro tanto hizo con las flechas en el blanco.
El grupo le aplaudió. Entonces el joven, en voz baja, pidió al dueño de la venta una botella de champagne.
Y se inclinó respetuosamente, solicitando ser presentado a las jóvenes que le recibieron con el franco shake-hand usado en nuestra sociedad de buen tono. Al saludar a la hermosa joven rubia, bajó la vista ligeramente ruborizado, en tanto que ella palidecía.
— Ángel Heredia.
— Gabriela Sandoval ...
Era que desde hacía tiempo se conocían, sin saber sus nombres. ¿Acaso existía entre ambos algún «flirt», o como tan expresivamente se dice entre nosotros, un «pololeo», recordando el zumbar inútil del insecto que se acerca o se aleja, haciendo resonar en el vacío leve rumor de alas que nada significa? Nadie hubiera podido afirmarlo con visos de verdad. La primera vez que ella le había divisado, lo recordaba perfectamente, había sido con motivo de una fiesta solemne, la de su primera comunión. A pesar de sus doce años tenía cuerpo alto y esbelto, excesivamente crecido para ser tan niña. Sus hermosos cabellos rubios le caían en largas trenzas. El brillo intenso de sus ojos negros contrastaba con aquel hermoso color rubio de Venecia, propio de las vírgenes del Tiziano. Gabriela avanzó con paso trémulo hasta la verja de hierro, en donde recibió la comunión de mano del señor Arzobispo, en el encantador y minúsculo templo de las Monjas. Y luego, cuando volvía a su asiento, con el cirio de luz pajiza y trémula en la mano, y el alma transportada a las regiones místicas, en donde habitaba con sus contemplaciones a menudo, sintió que su vista se iba, sin saber ella cómo, con fuerza de sugestión extraña, a uno de los rincones en donde se agrupaban los jóvenes parientes de las heroínas de la fiesta. Allí divisó a su primo, y más lejos, a un hermoso joven, alto, de cabellera crespa, grandes ojos negros, cuya mirada ejercía sobre ella irresistible poder de atracción, en tanto que por sus labios vagaba sonrisa levemente sardónica. Era una fisonomía perturbadora y enigmática, en la cual, a ratos, dominaba sello melancólico de profunda tristeza, que atraía, y a ratos, mueca irónica de crueldad premeditada, de frialdad agresiva, que alejaba. Todo eso lo sintió Gabriela desde el primer instante en que se clavaron sobre ella aquellos ojos desconocidos, como los del halcón sobre su presa. ¿Le gustaba? ¿le era, por acaso, antipático? No hubiera podido decirlo. Solo recordaba el haber recibida impresión extraña. No podía separar sus ojos de los ojos de aquel joven. Luego, se había reprochado a sí misma semejante distracción en hora tan solemne. A su entender, había revestido las proporciones de pecado la mirada profana dada por ella, con delectación casi amorosa, en el propio instante en que acababa de recibir el cuerpo de su divino Redentor con la hostia consagrada. Y la ola de arrepentimiento, de amargura, de disgusto para consigo misma, había tomado proporciones desmedidas en el alma de la niña, hasta ser de todo punto insoportable. Se creyó perdida, las puertas del cielo cerradas para ella. Y mientras el mundo giraba en su cabeza, próxima al desvanecimiento, por las emociones del día, el estado nervioso y el dolor agudo de sus escrúpulos y de sus imaginaciones, un suspiro ronco, a manera de gemido, la hizo volver la cabeza. Pudo contemplar, entonces, un espectáculo extraño: el joven aquel se inclinaba, con la frente al suelo, extendidos los brazos como si su alma entera se prosternara en supremo anonadamiento ante la infinita belleza y poderío de Dios. Era, el suyo, al parecer, espíritu místico, de aquellos seres aislados, superiores y solitarios que nacen y viven para el amor divino; naturalezas hechas para contemplación y ensueño en que el ser parece como suprimido y desvanecido hasta confundirse en el Amado, como Santa Teresa. Transcurrieron algunos años de esta escena inolvidable, sin que volviese a ver al joven. Había salido del colegio, tenía ya dicinueve cumplidos, y cuando se presentaba en los primeros bailes, murmullos de admiración acogían su expléndida y opulenta belleza rubia, su esbelto y espigado cuerpo, su mirar suavísimo, y aquella su encantadora expresión de bondad y de grave prudencia impresa en su boca de labios un tanto gruesos y entreabiertos.
Los jóvenes la asediaron, llenando su cartera de baile, hasta disputarse la mitad de los paseos, y giros de bostón, de Two-steps o de Washington-Post. Había sido marcha triunfal la suya, en la vida mundana. Rica, de hermosura expléndida, de raza distinguida, Gabriela Sandoval y Álvarez pertenecía a una familia antigua, ilustre en tiempo de la Colonia.
La sociedad chilena, se compone de oligarquía mezclada con plutocracia, en la cual gobiernan unas cuantas familias de antiguo abolengo unidas a otras de gran fortuna, trasmitiéndose, de padres a hijos, junto con las haciendas, el espíritu de los antiguos encomenderos o señores de horca y cuchillo que dominaron al país durante la conquista y la Colonia como señores soberanos.
Gabriela, junto con el sentimiento instintivo de superioridad social, templado por su bondad y su modestia ingénitas, había recibido educación refinada, hablaba francés como parisiense, era música, y tenía hábitos de lujo de princesa, que todo lo pide sin averiguar nunca precios. Todo eso contribuía, desde el primer momento, a sus éxitos mundanos. La rodeaba una corte de admiradores, en la cual figuraban muchos aventureros de frac; a pesca de dote, algunos excelentes partidos y grandes apellidos, de figura y condiciones mediocres, infinitas de esas nulidades elegantes que ocultan en los giros de vals todo el vacío de su existencia, y de su persona. Gabriela se manifestaba igual con todos. El bostezo, encubierto detrás del abanico, la mirada fría o indiferente, ponían término a las pretensiones de más de uno de sus galanes. De vuelta a casa, tanto su madre doña Benigna Álvarez como su hermana Magda la interrogaban inútilmente sobre sus impresiones ...
Mientras Magdalena o Magda, como le decían sus amigas íntimas, charlaba como cotorra, decía futilezas con su media lengua de andaluza y lanzaba las mayores enormidades con gracia inconsciente, al parecer, Gabriela callaba y sonreía. Muchas veces, de vuelta del Teatro o del baile, había contemplado, en honda meditación, el desfile del Santiago nocturno envuelto en girones de neblina que humedecían las aceras de asfalto o de ladrillo de composición, arrastrándose por las calles, trepándose a las altas cornizas de edificios de lujo, envolviendo faroles del alumbrado público, cercando de un nimbo los focos eléctricos. Su alma, también, tenía algo del tono difuso de las gasas de neblina; se buscaba a sí misma sin encontrarse. En los salones esperaba también un hombre que no parecía y que ella misma ignoraba quien fuese.
Durante el año último, se paseaba una tarde por el Parque Cousiño en el vis-a-vis recién llegado de Europa, cuando su carruaje se cruzó con cierta victoria muy bien puesta, arrastrada por tronco de raza. Vio pasar una hermosa y elegante chiquilla vestida de oscuro, acompañada de un joven de grandes ojos negros y cabellera levemente rizada, como en los retratos de Lord Byron, con la misma tristeza melancólica y fatal que atrae a las mujeres de manera invencible. Era el mismo joven, divisado en el día de su primera comunión, con la expresión apasionada y su mística de entonces. ¿Cómo no le había encontrado en baile ni en fiesta alguna, aquí, en Santiago, en donde es tan fácil cruzarse en la vida mundana?
La manera de presentarse, el aire, el corte de su traje y de su persona, le daban inmediatamente puesto en la sociedad santiaguina y en círculos de moda. ¿Por qué no le conocía ni siquiera de nombre? Acaso estaba de luto y comenzaba, apenas, su vuelta a la vida mundana, como lo indicaban al parecer, el color de su traje y algo de su fisonomía, un no-sé-qué. Desde entonces no había vuelto a verle. Miraba dentro de sí, en sus recuerdos, ejercitando examen de conciencia. Cierto era que había experimentado impresión extraña, pero bien diversa del amor, según se lo pintaban imaginaciones y romances. Pues, señor, ¿a qué decir una cosa por otra? En suma, el joven le había gustado, pero borrándose poco a poco de sus recuerdos como las olas del mar sacuden y aplanan las huellas del caminante. Por otra parte, la característica de Gabriela eran tranquilidad permanente de espíritu, equilibrio de sus facultades y de su temperamento, algo fácil de señalar con la divisa de pax multa. Aquí habían parado sus reflexiones esa vez.
Ahora, en la Noche Buena, acababa de conocerle de modo imprevisto y cuando menos lo pensaba, con los años transcurridos. No era ya el místico, el piadoso muchacho que suspiraba en la capilla, ni el Byron elegante y melancólico vestido de luto que cruzaba su camino, sino joven animado y vivo, de extraordinaria habilidad para el sport, de musculatura vigorosa y extremado brío. Notaba patente contraste entre éste y los demás elegantes, un tanto afeminados, acaso demasiado prendidos y consagrados al culto de sus propias personas. En las mujeres, del punto de partida de admiración de todo esfuerzo físico, y rompiendo por todo género de consideraciones de orden intelectual, se llega en la mayoría de los casos a presentir el ideal en la fuerza, en el torso de un hércules, en la osadía de Guillermo Tell, y el mismo don Juan, acaso no hubiera sido el don Juan de la leyenda, a no ser por el valor temerario y el turbulento espíritu con que arriesgaba su vida a todo instante. Del detalle, tal vez nimio, de sensación informe, acaso iba a depender el futuro de esa joven, tan hermosa y elegante, la más bella del grupo aristocrático de moda.
— Quedan ustedes invitados para dentro de una hora en casa ... al bautizo de la muñeca — dijo Magda con su voz clara.
(Continues...)
Excerpted from Casa Grande Escenas de la Vida en Chile by Luis Orrego Luco. Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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