“Ah, non è che una visita al mondo, la mia!” —confiesa Pasolini desde la orilla de su desesperada vitalidad. La vida como tránsito, la escritura como registro de esa visita breve. En esa clave, Fantasmas plásticos de Abel Germán no es un libro que se deje habitar: es más bien un pasaje, un umbral, un descenso lúcido en el que el lector se convierte también en visitante. En estas páginas no se devasta únicamente el mundo, sino el lenguaje mismo. Como un arqueólogo que cava en el lodo, Abel busca en las palabras no la verdad —demasiado gastada— sino su sombra, su grieta, su eco. El poema se vuelve tachadura y vestigio: el lugar donde lo dicho tropieza con su límite y, sin embargo, insiste en nombrar. Esa tensión entre claridad y fractura marca la respiración del libro. Hay un tono clínico, casi quirúrgico, que atraviesa ciertos pasajes: la sábana de hospital, el depósito de cadáveres, la maquinaria médica. Pero lejos de ser un registro melodramático, el cuerpo aparece como escenario de la intemperie, superficie sobre la que la nada escribe su caligrafía. Lo humano se reconoce vulnerable y, en esa conciencia, alcanza una extraña lucidez: la certeza de que todo es tránsito, de que el cuerpo mismo no es más que un préstamo. La mariposa blanca, el cero de Giotto, el manicomio abierto, el charco de luz: no son ornamentos, sino insistencias, restos que reaparecen como fantasmas plásticos. Son presencias residuales que hablan desde su falsedad, desde la inestabilidad de lo que nunca puede fijarse. El libro no construye un sistema, sino un mosaico quebrado: cada imagen abre una herida, cada símbolo recuerda que la realidad es un material en ruinas. El tono recuerda, en ocasiones, la densidad de Paul Celan: un balbuceo herido, intensamente humano, que se enfrenta a la opacidad del desastre. Otras veces resuena la ironía áspera de Beckett: la conciencia de que no hay salida, de que todo círculo retorna sobre sí mismo, de que incluso la mariposa blanca puede confundirse con un pañuelo desechable. Esa oscilación entre lo trágico y lo irónico es la respiración misma del libro. Al final, Fantasmas plásticos no ofrece salida ni consuelo. Nos recuerda que vivimos rodeados de residuos, de voces rotas, de imágenes que se desmoronan. Pero en ese descenso, el poema cumple una función: registrar la fragilidad, insistir en el balbuceo, abrir un espacio donde la devastación se hace legible. Como la visita de Pasolini, este libro sabe que no hay permanencia; y sin embargo escribe, porque escribir es resistirse a la nada aunque se sepa inútil.
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Paperback. Condition: new. Paperback. "Ah, non e che una visita al mondo, la mia!" -confiesa Pasolini desde la orilla de su desesperada vitalidad. La vida como transito, la escritura como registro de esa visita breve. En esa clave, Fantasmas plasticos de Abel German no es un libro que se deje habitar: es mas bien un pasaje, un umbral, un descenso lucido en el que el lector se convierte tambien en visitante. En estas paginas no se devasta unicamente el mundo, sino el lenguaje mismo. Como un arqueologo que cava en el lodo, Abel busca en las palabras no la verdad -demasiado gastada- sino su sombra, su grieta, su eco. El poema se vuelve tachadura y vestigio: el lugar donde lo dicho tropieza con su limite y, sin embargo, insiste en nombrar. Esa tension entre claridad y fractura marca la respiracion del libro. Hay un tono clinico, casi quirurgico, que atraviesa ciertos pasajes: la sabana de hospital, el deposito de cadaveres, la maquinaria medica. Pero lejos de ser un registro melodramatico, el cuerpo aparece como escenario de la intemperie, superficie sobre la que la nada escribe su caligrafia. Lo humano se reconoce vulnerable y, en esa conciencia, alcanza una extrana lucidez: la certeza de que todo es transito, de que el cuerpo mismo no es mas que un prestamo. La mariposa blanca, el cero de Giotto, el manicomio abierto, el charco de luz: no son ornamentos, sino insistencias, restos que reaparecen como fantasmas plasticos. Son presencias residuales que hablan desde su falsedad, desde la inestabilidad de lo que nunca puede fijarse. El libro no construye un sistema, sino un mosaico quebrado: cada imagen abre una herida, cada simbolo recuerda que la realidad es un material en ruinas. El tono recuerda, en ocasiones, la densidad de Paul Celan: un balbuceo herido, intensamente humano, que se enfrenta a la opacidad del desastre. Otras veces resuena la ironia aspera de Beckett: la conciencia de que no hay salida, de que todo circulo retorna sobre si mismo, de que incluso la mariposa blanca puede confundirse con un panuelo desechable. Esa oscilacion entre lo tragico y lo ironico es la respiracion misma del libro. Al final, Fantasmas plasticos no ofrece salida ni consuelo. Nos recuerda que vivimos rodeados de residuos, de voces rotas, de imagenes que se desmoronan. Pero en ese descenso, el poema cumple una funcion: registrar la fragilidad, insistir en el balbuceo, abrir un espacio donde la devastacion se hace legible. Como la visita de Pasolini, este libro sabe que no hay permanencia; y sin embargo escribe, porque escribir es resistirse a la nada aunque se sepa inutil. This item is printed on demand. Shipping may be from multiple locations in the US or from the UK, depending on stock availability. Seller Inventory # 9798264152252
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Paperback. Condition: new. Paperback. "Ah, non e che una visita al mondo, la mia!" -confiesa Pasolini desde la orilla de su desesperada vitalidad. La vida como transito, la escritura como registro de esa visita breve. En esa clave, Fantasmas plasticos de Abel German no es un libro que se deje habitar: es mas bien un pasaje, un umbral, un descenso lucido en el que el lector se convierte tambien en visitante. En estas paginas no se devasta unicamente el mundo, sino el lenguaje mismo. Como un arqueologo que cava en el lodo, Abel busca en las palabras no la verdad -demasiado gastada- sino su sombra, su grieta, su eco. El poema se vuelve tachadura y vestigio: el lugar donde lo dicho tropieza con su limite y, sin embargo, insiste en nombrar. Esa tension entre claridad y fractura marca la respiracion del libro. Hay un tono clinico, casi quirurgico, que atraviesa ciertos pasajes: la sabana de hospital, el deposito de cadaveres, la maquinaria medica. Pero lejos de ser un registro melodramatico, el cuerpo aparece como escenario de la intemperie, superficie sobre la que la nada escribe su caligrafia. Lo humano se reconoce vulnerable y, en esa conciencia, alcanza una extrana lucidez: la certeza de que todo es transito, de que el cuerpo mismo no es mas que un prestamo. La mariposa blanca, el cero de Giotto, el manicomio abierto, el charco de luz: no son ornamentos, sino insistencias, restos que reaparecen como fantasmas plasticos. Son presencias residuales que hablan desde su falsedad, desde la inestabilidad de lo que nunca puede fijarse. El libro no construye un sistema, sino un mosaico quebrado: cada imagen abre una herida, cada simbolo recuerda que la realidad es un material en ruinas. El tono recuerda, en ocasiones, la densidad de Paul Celan: un balbuceo herido, intensamente humano, que se enfrenta a la opacidad del desastre. Otras veces resuena la ironia aspera de Beckett: la conciencia de que no hay salida, de que todo circulo retorna sobre si mismo, de que incluso la mariposa blanca puede confundirse con un panuelo desechable. Esa oscilacion entre lo tragico y lo ironico es la respiracion misma del libro. Al final, Fantasmas plasticos no ofrece salida ni consuelo. Nos recuerda que vivimos rodeados de residuos, de voces rotas, de imagenes que se desmoronan. Pero en ese descenso, el poema cumple una funcion: registrar la fragilidad, insistir en el balbuceo, abrir un espacio donde la devastacion se hace legible. Como la visita de Pasolini, este libro sabe que no hay permanencia; y sin embargo escribe, porque escribir es resistirse a la nada aunque se sepa inutil. This item is printed on demand. Shipping may be from our UK warehouse or from our Australian or US warehouses, depending on stock availability. Seller Inventory # 9798264152252
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