Hasta Martes (Spanish Edition)

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9780147509338: Hasta Martes (Spanish Edition)

EL BESTSELLER EN THE NEW YORK TIMES

Un capitán condecorado en el ejército estadounidense, Luis Montalván nunca se achicó ante un desafío durante sus dos períodos de servicio en Iraq. Sin embargo al regresar a casa después del combate, las presiones de sus heridas físicas, su traumática lesión cerebral, y el trastorno de estrés post-traumático empezaron a pasar factura. Atormentado por la guerra y en el dolor físico constante, pronto se vio incapaz de subir un simple tramo de escaleras o hacer frente a un viaje en autobús hasta el hospital de veteranos. Bebía, discutía y terminó por desconectarse de las personas que amaba. Alienado y solo, sin poder dormir ni agacharse sin sentir dolor, comenzó a preguntarse si algún día lograría recuperarse.

Fue entonces que Luis conoció a Martes, un golden retriever hermoso y sensible, entrenado para ayudar a los discapacitados. Martes había vivido entre presos y en un hogar para niños con problemas, bendiciendo muchas vidas: podía encender las luces, abrir puertas y detectar cuando alguien iba a sufrir un ataque de ansiedad o de flashbacks. Pero debido a un carácter delicado y a una situación única de entrenamiento a Martes le resultaba difícil confiar en o conectar con un ser humano, hasta que llegó Luis.

Hasta Martes es la historia de cómo dos soldados heridos que lo habían dado tanto y sufrido las consecuencias, se encuentran y se salvan mutuamente. Es una historia sobre la guerra y la paz, la lesión y la recuperación, las heridas psicológicas y la sanación espiritual. Pero más que eso, Hasta Martes es una historia de amor entre un hombre y un perro y cómo se sanaron las almas el uno al otro.

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About the Author:

LUIS CARLOS MONTALVÁN es un veterano y ex capitán del ejército estadounidense donde obtuvo la insignia de la acción en combate, dos Estrellas de Bronce, y el Corazón Púrpura. La escritura de Montalván ha sido publicada por The New York Times, The Washington Post, The San Francisco Chronicle and The International Herald Tribune (entre otros), y NPR, CBS, CNN, BBC, C-SPAN, National Geographic y Democracy Now! han presentado su increíble historia. Montalván obtuvo una maestría en periodismo de la Universidad de Columbia donde está terminando otra maestría en comunicaciones estratégicas.
BRETT WITTER ha colaborado en la escritura de varios libros aclamados, incluido Dewey, bestseller #1 en The New York Times, y también The Monuments Men, Allied Heroes, Nazi Thieves, and The Greatest Treasure Hunt in History. Vive en Louisville Kentucky. 

Excerpt. © Reprinted by permission. All rights reserved.:

CELEBRA

Mis mayores agradecimientos van a Peter McGuigan, Hannah Gordon, Stéphanie Abou y toda la gente asombrosa de Foundry Literary & Media. Gracias por creer en Martes y en mí.

Partido por la mitad

Le sucedió a un árbol impactado por un rayo;

el resultado de algo salvaje y violento.

Un árbol partido por la mitad.

¿Cómo es que se llega a algo así?

¿Qué sucedió aquí?

He visto hombres y mujeres partidos por la mitad.

Yo he partido gente por la mitad.

Yo estoy partido por la mitad.

¿Realmente son las dos mitades un todo?

Hay huecos.

Huecos profundos y solitarios,

partidos por la mitad.

Un árbol con huecos.

—LUIS CARLOS MONTALVÁN, 2009

Lo primero que todos notan es el perro. Cada vez que camino por mi barriada del alto Manhattan, todas las miradas van hacia Martes. Unos pocos dudan, cautelosos de un perro tan grande —Martes pesa ochenta libras, mucho para las normas de Nueva York—, pero pronto hasta los cautelosos sonríen. Martes tiene algo en la forma en que se presenta que hace que todos se sientan cómodos ante él. Sin darse cuenta, los obreros de la construcción que beben café durante su descanso le gritan, y las chicas lindas preguntan si pueden acariciarlo. Hasta los niños pequeños se quedan asombrados. “Mira ese perro, Mami”, les oigo decir al pasar. “Qué perro tan bello”.

Y es cierto. Martes es, sin excepción, el golden retriever más atractivo que he conocido. Es grande y bien formado, pero tiene el innato amor por la vida de los golden: juguetón, saltarín y exuberante. Inclusive cuando camina, parece como si estuviera divirtiéndose. No con la alegría bobalicona de un perrito común. Martes no tiene nada de facilón o descuidado, al menos cuando va por la calle. Claro, no puede resistir meter la nariz donde los otros perros han dejado sus marcas, pero cuando no tiene el hocico pegado a un hidrante de incendios, parece tan aristocrático como un perro Westminster de exhibición, caminando ligeramente a mi lado con los ojos y la cabeza dirigidos al frente. También mantiene el rabo en alto; esto evidencia su confianza y muestra su hermoso pelaje, que es más castaño que el del golden normal y parece brillar, incluso en la sombra.

Su pelo maravilloso no es casualidad. Martes ha sido criado durante generaciones con el objetivo de llamar la atención. Ha sido entrenado para desarrollar su temperamento y postura desde los tres días de nacido. No años, días. Todos los días de su vida ha sido cepillado durante al menos quince minutos, y dos veces todos los días desde que yo lo adopté, cuando tenía dos años de edad. Cada vez que regresamos a mi apartamento, le limpio las patas con toallitas húmedas de bebé. Le limpio los oídos y le recorto las uñas al menos una vez por semana. Le recorto el pelo de la parte almohadillada de sus patas y de alrededor de los oídos tan pronto noto que le está creciendo. Hasta le cepillo los dientes con pasta con sabor a pollo todas las noches. Una noche, sin querer agarré la pasta de Martes y me metí un poco en la boca con mi cepillo, y casi vomito. Fue horrible, como comer manzanas pasadas mezcladas con arepas. Pero Martes la adora. Le encanta sentarse en mi regazo mientras lo acicalo. Le encanta que le meta los palillos de Q-tips hasta tres pulgadas dentro de las orejas. Cada vez que ve el cepillo de dientes, echa los labios hacia atrás y me muestra los dientes como en espera de la arena con sabor a pollo.

Pero no se trata solo de su bello pelaje, o de la extraordinaria frescura de su aliento (para ser un perro), o del porte aristocrático que atrae todas las miradas. Es su personalidad. Como puedes ver por la foto en la cubierta de este libro, Martes tiene una cara expresiva. Sus ojos son sensibles, casi tristes —los considero ojos de perro inteligente, ya que parece que siempre te están mirando—, pero su gran sonrisa bobalicona los compensa. Martes es uno de esos animales afortunados cuya boca forma una curva natural hacia arriba, de modo que hasta cuando está simplemente dando zancadas parece feliz. Cuando se ríe de verdad, las comisuras de los labios le llegan hasta los ojos. Entonces se le sale la lengua. Alza la cabeza. Sus músculos se relajan y muy pronto se le menea todo el cuerpo, hasta el rabo.

Además, están sus cejas, un par de grandes nudos peludos encima de la cabeza. Cuando Martes piensa, las cejas se le mueven sin orden preciso, una hacia arriba, la otra hacia abajo. Cada vez que digo su nombre, las cejas comienzan a bailarle, hacia arriba y hacia abajo. También empiezan a galopar cuando huele algo extraño, cuando oye algo a la distancia o distingue a alguien y quiere saber cuáles son sus intenciones. Jamás le pasa por al lado a nadie sin lanzarle una tímida mirada con esos ojos profundos, las cejas moviéndose, una sonrisa natural en el rostro y el rabo meneándose de un lado a otro como si dijera Lo siento, te veo, me gustaría jugar, pero ahora estoy trabajando. Él se conecta, no hay mejor manera de decirlo; tiene un temperamento amistoso. Es común que la gente saque sus móviles y le tome fotos. No estoy bromeando: Martes es ese tipo de perro.

Y luego, de paso, me notan a mí, el grandullón al lado de la estrella. Soy hispano —cubano por parte de padre y puertorriqueño por parte de madre—, pero soy lo que se conoce como un “latino blanco”, alguien de piel lo bastante clara como para que piensen que soy de ascendencia caucásica. También tengo seis pies y dos pulgadas de estatura, soy ancho de hombros y de cuerpo musculoso debido a décadas de ejercicios, por desgracia ya parte de mi pasado. Mi cuerpo se está ablandando, lo reconozco, pero aún impresiono, digámoslo así. Por eso es que me llamaban “el Terminator”, cuando trabajaba con el Ejército de los Estados Unidos. Por eso es que me convertí en capitán de ese Ejército, y estuve al frente de un pelotón de hombres en combate y entrené a soldados, policías y policías fronterizos iraquíes al nivel de regimiento. No hay nada en mí, en otras palabras —hasta la manera recta y rígida en que me conduzco— que parezca incapacitado. Por el contrario, la primera impresión que le doy a casi todo el mundo, me han dicho, es la de un policía.

Bueno, hasta que notan el bastón en mi mano izquierda, y la manera en que me apoyo sobre él al caminar. Luego se dan cuenta de que mi andar rígido y la postura recta no significan orgullo, sino que son una necesidad física. No ven las otras cicatrices: las vértebras fracturadas y la rodilla hecha pedazos que me dio esta cojera, o la lesión traumática del cerebro que me produce migrañas paralizantes y serios trastornos de equilibrio. Todavía más ocultas están las heridas psicológicas: los recuerdos traumáticos recurrentes y las pesadillas, la ansiedad social y la agorafobia, los ataques de pánico al ver algo tan inofensivo como una lata de refresco abandonada, que se usaban comúnmente como bombas improvisadas durante mis dos misiones en Irak. No ven el año que pasé en un limbo alcohólico, tratando de enfrentar la destrucción de mi familia, mi matrimonio y mi carrera; los meses que pasé tratando de salir inútilmente de mi apartamento, la traición de los ideales —deber, honor, respeto, hermandad— en los que había creído antes de la guerra.

Y debido a que no pueden ver esas cosas, nunca entienden por completo mi relación con Martes. No importa cuánto lo admiren, jamás podrán saber lo que él significa para mí. Porque Martes no es un perro como los demás. Camina justo a mi lado, por ejemplo, o exactamente dos pasos al frente, según como se sienta. Me guía al bajar las escaleras. Está entrenado para responder a más de ciento cincuenta órdenes y a darse cuenta de cuándo cambia mi respiración o se me agita el pulso, de manera de poder empujarme con la cabeza hasta que yo me haya desembarazado de los recuerdos y esté de vuelta en el presente. Él es mi barrera ante las multitudes, mi distracción de la ansiedad y mi ayudante en las tareas cotidianas. Hasta su belleza es una manera de protección, porque llama la atención y hace que la gente se sienta a gusto. Por eso es que fue criado para lucir tan guapo: no por vanidad, sino para que la gente lo note y, con suerte, el chaleco rojo con la cruz blanca médica que lleva a la espalda. Porque ese hermoso Martes, despreocupadamente alegre y favorito de los vecinos, no es mi mascota; es un perro de servicio entrenado para ayudar a los minusválidos.

Antes de Martes, yo vislumbraba francotiradores en los tejados. Antes de Martes, me pasaba más de una hora en mi apartamento llenándome de valor para caminar media cuadra hasta la licorería. Tomaba veinte medicamentos al día para todo, desde el dolor físico hasta una grave agorafobia, y hasta los encuentros sociales más inofensivos me producían migrañas que me paralizaban. Algunos días, apenas podía agacharme debido a las lesiones en mis vértebras. Otro días, cojeaba media milla en una confusión total, y me despertaba en una esquina sin idea alguna de dónde estaba ni cómo había llegado allí. Tenía tan poco equilibrio a causa de una lesión cerebral traumática (TBI, por sus siglas en inglés) que a veces me caía, como una vez en que rodé por una escalera de concreto de una estación del metro.

Antes de Martes no podía trabajar. Antes de Martes, no podía dormir. Bebía botellas enteras de ron de una sentada, pero aun así me quedaba en la cama sin pegar los ojos. Y cada vez que lo hacía, veía cosas terribles: un agresor que quería matarme, un niño muerto. Luego de una agotadora sesión de terapia fui a una cafetería, abrí mi laptop y vi el rostro de un terrorista suicida de Sinjar, en Irak. Un pelotón de soldados iraquíes asociado con nuestro regimiento había colocado su tienda de descanso demasiado cerca de su vehículo de control y el terrorista había hecho volar en pedazos a varios de ellos. Cuando llegué, la tienda todavía humeaba, las sirenas sonaban estrepitosamente y había pedazos humanos por todas partes. Pisaba el brazo arrancado de un cuerpo e iba hacia la carrocería hecha trizas del vehículo del terrorista cuando lo vi. No su cuerpo, que había sido destruido. No su cabeza, que había sido decapitada y pulverizada. Vi su rostro, arrancado de cuajo debido a la explosión, descansando tranquilamente en el suelo en medio de aquel infierno como una máscara infantil. Las cuencas de los ojos estaban vacías, pero el resto permanecía: cejas, nariz, labios y hasta su barba.

Enterré aquel rostro en mi mente durante tres años, pero cuando resurgió durante la terapia, no pude olvidarlo. Lo veía en la pantalla de mi computadora. Lo veía en el televisor de la esquina de la cafetería. Me iba, pero lo entreveía en cada vitrina por la que pasaba. Me apresuraba hacia la estación de metro, impulsándome con el bastón. Me agarraba con furia del primer vagón del tren subterráneo y me derrumbaba junto a la puerta. Sudaba copiosamente, y podía oler mi propio hedor, esa fétida mezcla de adrenalina y miedo. Me daba mucha pena por la mujer impecablemente vestida de negro a mi lado, pero no podía hablar. No podía alzar la vista. Trataba de no moverme. Cerraba los ojos, pero la cara arrancada del terrorista suicida, tan diabólica y, sin embargo, tan calmada, estaba impresa en mis párpados. Sudaba a más no poder mientras el tren avanzaba trabajosamente por la vía, con la cabeza martilleándome y el estómago dando vueltas, hasta que finalmente, mientras estallaba una migraña como si fuera una bomba de hidrógeno, me lanzaba fuera del asiento, abría la puerta de emergencia y, doblado en el espacio entre los dos carros, vomitaba sobre la vía, mi vida saliéndose de mí nuevamente y explotando en mil pedazos.

No me recuperé, al menos no realmente, hasta Martes. No comencé a armar las piezas, y a reunirlas en un todo, hasta que este hermoso golden retriever, entrenado durante dos años para cambiar la vida de alguien como yo, se hizo inseparable de mi lado. Martes me dio libertad, hasta de mis peores temores, y al hacerlo me devolvió la vida.

Así que no, Martes no es mi mascota. No solo me hace reír, o me trae los zapatos, o me da alguien con quien jugar en el parque. No me enseña lecciones metafóricas de la vida. No me saluda cada vez que abro la puerta, porque nunca está al otro lado de la puerta. Está siempre conmigo. Cada segundo. Va conmigo a la tienda. Va conmigo a clase. Sube conmigo a los taxis y come conmigo en los restaurantes. Cuando voy a la cama por la noche, Martes me arropa con las sábanas. Cuando me despierto, se me acerca. Cuando voy a un servicio público, Martes está ahí. En el urinario. Siempre junto a mí.

Estamos ligados, perro y hombre, de una forma en que la gente con cuerpos sanos no podrá entender nunca, porque nunca experimentarán nada como esto. Mientras Martes viva, estará conmigo. Ninguno de los dos estará solo jamás. Nunca estaremos sin un compañero. Jamás tendremos privacidad alguna, inclusive en nuestros pensamientos, porque Martes y yo estamos tan sintonizados el uno con el otro después de más de dos años juntos que podemos leer el lenguaje del otro y saber qué está pensando.

Naturalmente, no siempre fue así. Durante un año, Martes y yo vivimos a dos horas de distancia, sin conocernos aún. Durante un tiempo en 2007, teníamos tantos problemas que quienes nos conocían dudaban de que algún día pudiéramos recuperarnos. Esa también es parte de nuestra historia: la travesía que realizamos para llegar hasta aquí, las experiencias que crearon esa necesidad. Pero nosotros no somos sencillamente un perro de servicio y su amo; Martes y yo también somos el mejor amigo el uno del otro. Almas gemelas. Hermanos. Como quieran llamarle. No estábamos hechos el uno para el otro, pero al final cada uno resultó ser exactamente lo que el otro necesitaba.

Y por eso es que siempre sonrío cuando Martes se sienta en el quicio de mi edificio de apartamentos en la calle 112 Oeste, disfrutando del calorcito del sol. Sonrío porque, aun más que su entrenamiento, fue la personalidad de Martes la que rompió mi caparazón y me liberó. Martes es un perro alegre. Ama la vida. Y cuando estás con alguien así cada segundo de cada día, ¿cómo no vas a amar tú también la vida? Gracias a él, por primera vez en mucho tiempo aprecio los momentos sencillos en que mi perro está junto a mí. Y no solo porque fue tan difícil lograrlo para Martes y para mí, sino porque los momentos de tranquila amistad son los que hacen la vida —la vida de todos— tan maravillosa.

“Hola, Martes”, dice siempre alguien y me saca de mis cavilaciones, porque aunque hemos vivido en la calle 112 Oeste durante menos de dos años, Martes ya es famoso en la manzana.

Cuando eso pasa, Martes se anima. Este pícaro encantador sube y baja las cejas unas cuantas veces, pero ni siquiera me echa una miradita ansiosa por encima del hombro. Él es un perro de servicio. Es demasiado disciplinado como para pedir favores o para que lo distraigan sus admiradores. Pero puedo ver, por la amplitud y rapidez con que menea el rabo, que quiere que le dé una nueva orden, “Ve y saluda”, que le permite que lo acaricien mientras está de servicio. Ahora casi siempre se la doy. Porque confío en él. Porque él conoce sus responsabilidades. Porque ama su vida. Porque le gusta hacer feliz a la gente, y eso me hace feliz a mí. Y porque sé que Martes puede restregar su cabeza debajo de la mano...

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Book Description Celebra, United States, 2014. Paperback. Book Condition: New. Language: Spanish . Brand New Book. EL BESTSELLER EN THE NEW YORK TIMES Un capitan condecorado en el ejercito estadounidense, Luis Montalvan nunca se achico ante un desafio durante sus dos periodos de servicio en Iraq. Sin embargo al regresar a casa despues del combate, las presiones de sus heridas fisicas, su traumatica lesion cerebral, y el trastorno de estres post-traumatico empezaron a pasar factura. Atormentado por la guerra y en el dolor fisico constante, pronto se vio incapaz de subir un simple tramo de escaleras o hacer frente a un viaje en autobus hasta el hospital de veteranos. Bebia, discutia y termino por desconectarse de las personas que amaba. Alienado y solo, sin poder dormir ni agacharse sin sentir dolor, comenzo a preguntarse si algun dia lograria recuperarse. Fue entonces que Luis conocio a Martes, un golden retriever hermoso y sensible, entrenado para ayudar a los discapacitados. Martes habia vivido entre presos y en un hogar para ninos con problemas, bendiciendo muchas vidas: podia encender las luces, abrir puertas y detectar cuando alguien iba a sufrir un ataque de ansiedad o de flashbacks. Pero debido a un caracter delicado y a una situacion unica de entrenamiento a Martes le resultaba dificil confiar en o conectar con un ser humano, hasta que llego Luis. Hasta Martes es la historia de como dos soldados heridos que lo habian dado tanto y sufrido las consecuencias, se encuentran y se salvan mutuamente. Es una historia sobre la guerra y la paz, la lesion y la recuperacion, las heridas psicologicas y la sanacion espiritual. Pero mas que eso, Hasta Martes es una historia de amor entre un hombre y un perro y como se sanaron las almas el uno al otro. Bookseller Inventory # AAC9780147509338

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Book Description Celebra, United States, 2014. Paperback. Book Condition: New. Language: Spanish . This book usually ship within 10-15 business days and we will endeavor to dispatch orders quicker than this where possible. Brand New Book. EL BESTSELLER EN THE NEW YORK TIMES Un capitan condecorado en el ejercito estadounidense, Luis Montalvan nunca se achico ante un desafio durante sus dos periodos de servicio en Iraq. Sin embargo al regresar a casa despues del combate, las presiones de sus heridas fisicas, su traumatica lesion cerebral, y el trastorno de estres post-traumatico empezaron a pasar factura. Atormentado por la guerra y en el dolor fisico constante, pronto se vio incapaz de subir un simple tramo de escaleras o hacer frente a un viaje en autobus hasta el hospital de veteranos. Bebia, discutia y termino por desconectarse de las personas que amaba. Alienado y solo, sin poder dormir ni agacharse sin sentir dolor, comenzo a preguntarse si algun dia lograria recuperarse. Fue entonces que Luis conocio a Martes, un golden retriever hermoso y sensible, entrenado para ayudar a los discapacitados. Martes habia vivido entre presos y en un hogar para ninos con problemas, bendiciendo muchas vidas: podia encender las luces, abrir puertas y detectar cuando alguien iba a sufrir un ataque de ansiedad o de flashbacks. Pero debido a un caracter delicado y a una situacion unica de entrenamiento a Martes le resultaba dificil confiar en o conectar con un ser humano, hasta que llego Luis. Hasta Martes es la historia de como dos soldados heridos que lo habian dado tanto y sufrido las consecuencias, se encuentran y se salvan mutuamente. Es una historia sobre la guerra y la paz, la lesion y la recuperacion, las heridas psicologicas y la sanacion espiritual. Pero mas que eso, Hasta Martes es una historia de amor entre un hombre y un perro y como se sanaron las almas el uno al otro. Bookseller Inventory # BTE9780147509338

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